90 actas del xii congreso católicos y vida pública consagración a la verdad. En 2007 todavía no había escrito el genial Benedicto XVI su esplendorosa Caritas in Veritate, pero en los Principios Orientadores de las Obras Educativas de la ACdP ya mencionados, incluso sin esa luz, se acertaba al escribir: En esa concordia —digamos ahora lisa y llanamente Caridad— fundada en la Verdad se generan, se sostienen y crecen los vínculos personales de magisterio entre maestro y discípulo, espacio natural de desarrollo de la inteligencia de los hombres y su libertad. Y nos preguntamos: ¿es que la universidad católica puede, en esencia, ser algo más que eso? El día que fuéramos tales no importaría nada más. ¿Puede pensarse hoy en una locura mayor que en una gran institución nutrida y habitada por laicos, por ejemplo, una universidad, regida por la norma suprema de la Caridad en la Verdad? Pero cuidado, que esto no pueden ser solo palabras so pena de convertirnos en algo peor que fariseos. Si no llevamos esta tensión, que es la única exigible y característica de un cristiano a la relación con nuestros alumnos, a la relación con nuestros compañeros, a la relación entre departamentos, entre facultades y entre las distintas universidades, no nos distinguiremos en nada de tantos otros experimentos semiacadémicos, semiempresariales que colmatan el sistema universitario español. ¿Queremos de verdad ser universidades católicas en esta hora de España y del mundo? Demos primero gracias a Dios que pone esta intención en nuestros corazones, alegrémonos profundamente de lo que ello implica, vivamos nuestro compromiso con la Verdad sin arrogancia y construyamos, con la ayuda de Dios, un Campus de Excelencia Sobrenatural que solo Él puede diseñar. Y esto debiera abarcar, como cada día se hace más patente, desde lo arquitectónico y decorativo hasta el contenido de los planes de estudios; desde el cuidado de nuestros alumnos hasta la preocupación por las familias que dependen de cada universidad. Y siempre, por encima de todo y de todos, nuestros profesores, sin los que no sería posible nada de lo dicho. La proyección evangelizadora de las universidades católicas debiera articularse, más allá de las múltiples actividades ante el resto de la Iglesia y de la sociedad, como consecuencia necesaria de la existencia de una comunidad universitaria que vive su vocación y su compromiso con la docencia y la investigación a través de una fuerte conciencia de
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