92 actas del xii congreso católicos y vida pública Y algo más adelante: Es un honor y una responsabilidad de la Universidad Católica consagrarse sin reservas a la causa de la verdad. Es ésta su manera de servir, al mismo tiempo, a la dignidad del hombre y a la causa de la Iglesia, que tiene «la íntima convicción de que la verdad es su verdadera aliada ... y que el saber y la razón son fieles servidores de la fe». Sin descuidar en modo alguno la adquisición de conocimientos útiles, la Universidad Católica se distingue por su libre búsqueda de toda la verdad acerca de la naturaleza, del hombre y de Dios. Nuestra época, en efecto, tiene necesidad urgente de esta forma de servicio desinteresado que es el de proclamar el sentido de la verdad, valor fundamental sin el cual desaparecen la libertad, la justicia y la dignidad del hombre. Por una especie de humanismo universal la Universidad Católica se dedica por entero a la búsqueda de todos los aspectos de la verdad en sus relaciones esenciales con la Verdad suprema, que es Dios. Por lo cual, ella, sin temor alguno, antes bien con entusiasmo trabaja en todos los campos del saber, consciente de ser precedida por Aquel que es «Camino, Verdad y Vida», el Logos, cuyo Espíritu de inteligencia y de amor da a la persona humana la capacidad de encontrar con su inteligencia la realidad última que es su principio y su fin, y es el único capaz de dar en plenitud aquella Sabiduría, sin la cual el futuro del mundo estaría en peligro3. Vivimos en sociedades que han hecho de la pluralidad, en todas sus formas, y del respeto a ellas, un componente esencial de sus instituciones y de la manera de entender las relaciones entre sus miembros. Por otra parte, resulta que implícita o explícitamente no habrá forma de regenerar el tejido universitario sin el reencuentro con la verdad, hoy excluida de la cultura dominante que tiene en las universidades uno de sus principales bastiones. La proyección evangelizadora de las universidades católicas tiene, pues, ante sí un reto de dimensiones colosales y, al mismo tiempo, hacedero, por cuanto en principio solo depende de ellas mismas y de su capacidad para ser coherentes con sus propios postulados. 3 Juan Pablo II: Constitución Apostólica sobre las Universidades Católicas Ex Corde Ecclesiae, de 15 de agosto de 1990, nº 1 y 4.
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