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Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico

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Está la postura de los que no tienen temor de Dios, de los que no

confían en Dios; pero se entregan y adoran a ídolos y falsos dioses,

en lugar de confiar y adorar al Dios verdadero.

San Pablo los ha descrito y diseñado, con pinceladas maestras, en

el capítulo primero, de la Carta a los Romanos, (vv.18-23), cuando

habla “de aquellos hombres que por la injusticia mantienen a la

verdad cautiva”. Se refiere a aquellos hombres, que pudiendo

llegar a conocer a Dios a través de las obras de la creación, y

“descubrir a través de ellas la eternidad y el poder de Dios”, no lo

han conocido porque no han querido, pues pudiéndolo conocer,

han preferido tener cautiva a la verdad. Para el Apóstol, no tienen

disculpa, pues han podido, no han querido, y no han glorificado a

Dios como correspondía.

Por el contrario, prosigue San Pablo, se perdieron en sus

razonamientos y su corazón extraviado se obcecó más todavía.

Pretendían ser sabios cuando hablaban como necios, pues

“Cambiaron la gloria de Dios inmortal por imágenes con forma de

hombre mortal, de aves, de animales o de serpientes”. No quisieron

reconocer y adorar al Dios verdadero, y acabaron dando culto a

ídolos en forma de hombre, de ave, de reptil o serpiente.

La historia se repite. También al día de hoy están los que se resisten

a creer en Dios, en el Dios que se ha revelado en Jesucristo; mas, sin

embargo, se doblegan fácilmente ante los ídolos y diosecillos que

pululan por las calles, los ídolos modernos del siglo XXI: la droga, el

sexo, el dinero, el espiritismo, el engaño, el poder, el satanismo, y

otros. Curiosamente, tienen mucha dificultad para creer en el Dios

verdadero, en el Dios que ha dejado su huella en la creación, en el

Dios que se ha revelado en Jesucristo, que habla de Amor y

misericordia, que derrocha amor misericordia, y, sin embargo, sin

dificultad alguna aceptan a los ídolos; uno queda estupefacto al

ver con qué facilidad creen en los ídolos y falsos dioses.

Recientemente escuchábamos decir al físico británico Stephen

Hawking que no era necesario recurrir a Dios para explicar la